EL ARTE DE PINTAR CON LA LUZ

Nadie negará que, en algún momento de la vida, la luz nos deja asombrados al contemplar cómo un hermoso monumento se recorta luminoso sobre el oscuro cielo nocturno. Así como ocurre en el arte, en la iluminación lograr algo bello implica técnica, gusto y gasto.

Como es obvio, hay parámetros que condicionan el resultado final, desde las propias características arquitectónicas del monumento y su uso hasta el presupuesto disponible no solo para la instalación de las luminarias, sino también del gasto que supone en adelante el tenerlas encendidas.

Lo primero con lo que se encuentra la persona encargada de afrontar un diseño de iluminación es con el monumento en sí. Ya que cuando se analizan todas necesidades de iluminación de un espacio con distintas características, surgen distintos conceptos de diseño luminotécnicos. Hay dos conceptos básicos:

Iluminación arquitectónica: Es la que realza el espacio por sí mismo, enfatizando su verticalidad, sus bóvedas y los detalles propios de cada estilo.

Iluminación de acento: Es la que sirve para resaltar los elementos escultóricos o pictóricos, y potenciar el relieve, matizando las sombras.

Según los usos del edificio, pueden hacer falta otras luces, como las necesarias para la celebración de los oficios litúrgicos si es una iglesia o las de limpieza y mantenimiento, que servirán para que puedan ver las personas que realizan esas tareas cuando el edificio está cerrado al público. Es por ello que a cada zona del monumento se le debe dar el tratamiento adecuado al valor ya sea histórico y o arquitectónico que tiene.

En una iglesia, por ejemplo, probablemente habrá que resaltar más la torre, la fachada de acceso o la zona del cimborrio en el interior, porque suelen ser las zonas más interesantes, pero eso no significa que el resto deba quedar en oscuridad.

 

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